5. El miércoles mi vieha hizo empanadas fritas.
“Empanadas fritas” son las palabras mágicas que hacen que Javi se convierta en un estúpido; sé que sería capaz de cualquier cosa por conseguir algunas; una docena, o más también.
Cuando vamos a comer a algún lugar lo primero que hace es preguntar si las hacen. Mira al mozo como si los ojos se le fueran a salir de la cara y recién cuando le contestan que si, le vuelven a su lugar. Si la respuesta es que no, que solo las hacen al horno, los ojos le quedan saltones durante un buen rato.
Así es él. Piensa que está enfermo y que por algún motivo las empanadas fritas son como una especie de cura. ¿Quién sabe? yo, al menos, no podría asegurar lo contrario.
La noche de las Empanadas Fritas llovió como nunca antes había visto llover en mi vida. Llovía más fuerte que nunca y nunca paraba. Todo, pero todo, era agua y agua.
Al principio nos quedamos un rato parados en la puerta de casa mirando como alrededor nuestro las cosas parecían estar tapadas por una cortina metálica. Como la que tienen los negocios antiguos, o algo así. Pasaban volando bolsas de basura, ramas, ¡ranas!, paraguas dados vueltas, pedazos de cosas que no identificábamos... En un momento pasó una pelota que parecía de cuero. Fui hasta mitad de cuadra para patearla y estaba pinchada. Pero era de cuero, blanca y negra, pesada.
Primero me puse a jugar un poco en un charco que estaba cerca, como haciéndome un poco el tonto para llamar al atención de Javi, después un poquito mas lejos y al rato ya estábamos los dos corriendo bajo la lluvia hacia cualquier lugar. Todavía seguíamos en ojotas, y con el short de la pile puesto. Yo me quede en cuero y me saque la gorrita, la sensación que me provocó el agua esa noche no la conocía hasta entonces. Era algo así como tener fiebre pero bien, entusiasmo o euforia.
Paramos bajo un techo y se nos dio por la acrobacia, pero en una prueba muy simple casi dejamos la vida. No nos dimos cuenta en ese momento porque lo único que podíamos hacer era reírnos de todo como idiotas y correr.
No se cuánto tiempo más seguimos así, pero sé que llegamos a otro barrio. Un lugar desconocido con un montón de gente en la calle. Algunos cuando nos vieron llegar nos saludaron con una sonrisa y otros con la mano. Todos parecían contentos por la tormenta y creo que era como un festejo porque muchos bailaban bajo la lluvia. Una chica altísima, de pelo largo y rubio, era la que ponía las canciones y al verla tan concentrada pensé que hacía un bien muy grande. Se la veía tranquila y felíz exactamente en donde estaba y haciendo lo que hacía.
Yo en cambio no podía reaccionar. Javi en medio de la gente, descalzo y con la ropa mojada, bailaba de lo más contento y pegaba saltitos. ¿Parece muerto de frio o siempre es así? ¿está temblando o se está muriendo de risa? Me puse a preocuparme como un tonto y en lo único en lo que podía pensar era en conseguir un teléfono, llamar a casa y preguntarle a mi vieha si todavía quedaban algunas de esas empanadas.